
Manuelita Pérez
Psícologo Clínico
¡Estoy harta de la resiliencia!, expresaba hace poco una persona profundamente afectada, agotada y frustrada de todos los esfuerzos realizados para sobreponerse a una serie de situaciones difíciles sin obtener resultado o, peor aún, ver con dolor que la situación empeoraba y sus capacidades se desgastaban cada vez más.
¿Esto significa entonces que la resiliencia no siempre es buena?
No creo poder contar las veces que he escuchado durante mi práctica clínica el orgullo y la identificación por ser “fuerte”, por “aguantar”, por “poder con todo”, especialmente por parte de personas que han experimentado trauma relacional o acumulativo (tipo II). Escucho paciente, no es fácil para una persona que se ha sostenido tolerando y resistiendo el dolor escuchar que eso no es resiliencia en su sentido estricto, es resistencia. Tampoco es fácil escuchar que tiene un alto costo.
Esto requiere diferenciar la resiliencia de la resistencia, porque allí radica la trampa que puede llevar a algunas personas a esfuerzos sobrehumanos por “ser resilientes” y pagar un costo gigante por ello. Desde este punto vista, sería lógico pensar que la resiliencia tiene un lado oscuro o no siempre es buena.
¿Cuál es, entonces, la línea delgada entre resiliencia y resistencia?
Empecemos reconociendo a la resiliencia como la capacidad o habilidad que permite sobreponerse, adaptarse, transformarse y salir fortalecido ante las adversidades. Esto requiere flexibilidad, habilidades de afrontamiento y regulación emocional, aceptación de la realidad, redes de apoyo, lo que por supuesto se beneficia de vínculos seguros que permitan tener la confianza de que en las dificultades es posible tener contención y de encontrar una resolución.
Según las investigaciones en el área, existen personas que tienen estilos de apego seguro y características psicológicas que sirven de base para el desarrollo de esta capacidad pero que también puede desarrollarse a través del entrenamiento y vínculos seguros.
Por su parte, la resistencia implica la capacidad de soportar o aguantar la presión sin ceder, manteniéndose estático y firme a pesar de la adversidad y logrando la supervivencia ante el golpe o la situación. Esto requiere una alta tolerancia para resistir a la presión, contener el impacto y bloquear o soportar a través de la rigidez y la defensa el estrés extremo. Esto implica una mayor tendencia al hiper-endurecimiento o supervivencia.
La supervivencia se encuentra en el centro de la confusión
Las personas que crecieron o han experimentado negligencia, invalidación crónica, maltrato o abuso tuvieron que aprender a soportar el impacto del dolor como la única vía para seguir adelante o sobrevivir. Inmutarse, endurecerse, desconectarse, estar en alerta, desarrollar una autosuficiencia extrema. En fin, soportar y contener la presión del dolor.
Esto ocurre porque en el trauma relacional se generan dinámicas que afectan la forma en que la persona interpreta la seguridad y la conexión. Estas dinámicas incluyen:
- La normalización del dolor producto de la invalidación y de creencias que naturalizan el sufrimiento y la tolerancia de dinámicas o tratos dañinos.
- La sobreidentificación con el sacrificio como una forma de “valor”, donde la persona interpreta que su valor depende de su capacidad de tolerar (es decir, de sacrificarse), lo que lleva a asumir la resistencia como una virtud.
- La autosuficiencia excesiva como mecanismo de seguridad percibida, ya que la persona aprendió erróneamente que pedir ayuda es peligroso o decepcionante, por lo que ante esta sensación de desprotección se defiende “aguantando todo solo” y vivenciándolo como fortaleza.
- La desconexión o adormecimiento emocional como mecanismo defensivo para sobrevivir al rechazo o al abuso, lo que le lleva a asociar “no sentir” el daño en el momento como una forma de resiliencia.
Recuerdo con dolor y compasión los momentos en que personas que crecieron con maltrato físico o el uso del castigo corporal como mecanismo de castigo o corrección contaban con orgullo que llegó un momento ante estos episodios que ya no se inmutaban: no lloraban, no suplicaban o incluso le decían a sus padres o adultos responsables “no me duele”. Sólo en ese momento había algo de control sobre su propia existencia, su cuerpo y su integridad, su supervivencia. Sólo así había supervivencia y reafirmación de su identidad “resisto el dolor con valentía”. Esto es aplicable a múltiples casos de trauma relacional.
Aprender a diferenciar: el gran objetivo
Por supuesto que la resistencia en necesaria en ciertos momentos de la vida donde lo urgente es la supervivencia pero recuperarse del impacto del trauma relacional requiere una transición entre la supervivencia reactiva y la flexibilidad relacional.
- La supervivencia reactiva (que se enfoca en aguantar el peso del dolor y cuyo efecto acumulativo genera un inevitable desgaste físico, emocional y mental. El costo a pagar es el colapso físico y emocional, los síntomas crónicos tanto físicos como emocionales).
- La flexibilidad relacional (que se enfoca en recuperar el equilibrio, aprender a reconocer y respetar los propios límites, aprender a reconocer la vulnerabilidad y la autocompasión como una forma de cuidado y fortaleza, la reconstrucción de la confianza en los otros para poder pedir y aceptar la ayuda y la actualización sobre el propio valor y las creencias de “fortaleza y resistencia” que le habían permitido sobrevivir pero que ahora necesitan aflojar para poder crecer y expandirse).
Para finalizar recordemos que confundir resistencia con resiliencia conlleva grandes riesgos como mantenerse en la situación dañina o la sobrecarga emocional, aspectos que perpetúan el daño e interfieren en el equilibrio y la salud física y emocional.
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